
Confesor
Después
de la Santa Misa, el Padre Pío se sentaba en el confesionario
por largas horas, dándole preferencia a los hombres, pues
él decía que eran los que más necesitaban de
la confesión. Al ser tantos los que acudían a la confesión,
fue necesario establecer un orden, y confesarse con el Padre
Pío podía tomarse fácilmente tres o cuatro
días de espera.
Son muchas las emotivas conversiones generadas
a través de las Confesiones con el Padre Pío. Se manifestaba
severo con los curiosos, hipócritas y mentirosos, y amoroso
y compasivo con los verdaderamente arrepentidos. Uno de los dones
que más impresionaba a la gente era que podía leer
los corazones.
A algunos penitentes los echaba, una vez se le
preguntó al Padre por qué echaba a los penitentes
del confesionario sin darles la absolución, a lo que él
respondió: "Los echo, pero los acompaño con la
oración y el sufrimiento, y regresarán". El enojo
era solamente superficial. A un hermano le explicó una vez:
"Hijo mío, sólo en lo exterior he asumido una
forma distinta. Lo interior no se ha movido para nada. Si no lo
hago así, no se convierten a Dios. Es mejor ser reprochado
por un hombre en este mundo, que ser reprochado por Dios en el otro".
Un ejemplo de ello sucedió un día en que
el Padre se encontró con un joven que lloraba sin importarle
el gentío que lo rodeaba. El Padre se le acercó y
le preguntó el porqué de su llanto. El muchacho respondió
que "lloraba, porque no le había dado la absolución".
Padre Pío lo consoló con ternura diciendo: "Hijo,
ves, la absolución no es que te la he negado para mandarte
al infierno sino al Paraíso".